Esta tarde al aparcar el coche frente a la puerta de un bar escuché unos gritos que procedían del interior del local. La escena era asombrosa: un hombre, de unos cincuenta y tantos, sensiblemente borracho y muy enfadado, increpaba verbalmente a un camarero. Éste, detrás de la barra, le gritaba casi desconsolado que "todos los que allí trabajaban ni hablaban, ni escuchaban, ni veían". El hombre afirmaba rotundamente que él no tenía ni oídos, ni boca, ni ojos.
Por supuesto, se trataba de una escena, por desgracia, bastante típica: Hombre que suele ir al mismo bar todos los días. Mujer que desesperada por la actitud de su marido (alcohol y probablemente drogas) se acerca al local que él frecuenta y le pregunta al camarero por el paradero del señor con el que se casó. Camarero que niega la mayor: "¿Señor?¿Qué señor?". Hombre que desconfía de la persona que le aguanta a diario cada una de sus borracheras (espantosas, seguro). Gritos en casa. Gritos en el bar. Recomendaría divorcio.


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