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Probablemente...

Probablemente todos teníais razón y yo -nosotros- estaba equivocada. Pero, supongo, que todos tenemos la confianza, a priori, de que las cosas saldrán bien. Una vez más, fallé -fallamos- en los presupuestos -de todo tipo.

El escenario

Llevaba meses luchando por conseguir una plaza en la Complutense. Sabía qué asignaturas ofrecía el máster, también el plan de estudios, los profesores, los lugares donde se impartía, había visitado varias veces el Vicerrectorado y, curiosamente, no me había parado a pensar que la Facultad de Ciencias de la Información fue el escenario donde se rodó la película Tesis.
Justo ayer, cuando pisé por primera vez el antiguo edificio de Ciudad Universitaria, me recorrió un escalofrío por la columna. Dejé que mis pies guiaran a mi cuerpo escaleras abajo -unas oscuras y solitarias escaleras de caracol- mientras buscaba medio temblando el aula 105 del nuevo edificio de la Facultad. Unos graffitis sobre las paredes mugrientas del centro que un día fue nuevo parecían llevar medio siglo allí, igual que los murales casi revolucionarios, las mesas y sillas de la entrada y los paneles de anuncios destartalados. Sin embargo, el silencio reinante de un lugar que casi no ve ya transitar estudiantes hacía resonar mis pasos por el hall y me transportaba levemente a la soledad de Ángela.

Amarás a 'El Sistema' sobre todas las cosas, primer Mandamiento

Hace ya unos añitos escuché una frase de esas sobre un hecho improbable, más que imposible, que piensas que son símplemente exageradas. Actualmente, ando acordándome de la madre del profeta al que se le ocurrió entonar/escribir/cantar/escupir que "llegará el día en el que podamos decir: no puedo trabajar porque el ordenador no me deja (aprox.)".

Hoy, si no puedo hacer el máster para el que me trasladé a Madrid será porque El Sistema (con mayúsculas porque es el Dios de nuestra era) no me deja.
Todavía albergo la vaga esperanza de que algún humano, algún día, logre controlar la informática que impide que me matricule. O ese humano capacitado llame a la empresa externa a la que le han contratado la realización y mantenimiento de El Sistema para que un, probablemente joven y subcontratado, programador explotado posibilite la modificación de alguno de los campos de la preinscripción.

Mode: Impotencia absoluta.
Me siento extraña desde hace unas semanas. La muerte de alguien querido siempre arranca lágrimas, pero también arrastra una ristra de asuntos de poca importancia. Es el final de tantas cosas, de tantas vivencias y situaciones, que termina bloqueando el pensamiento racional.

Frotaba enérgicamente una medallita de oro, sin mirarla, casi sin pensar en ello. Desde entonces son muchas las veces que sus recuerdos han llegado a mi mente y he querido compartirlos con quien tuviera cerca. Situaciones llegadas desde la Segunda República, desde la Guerra Civil... Ha tardado tantos años en contarlo que casi no ha dado tiempo a dejar correr sus recuerdos por el presente.

El final de una generación, de los ascendentes en la línea de parentescos. Ya no tenemos abuelos los nietos, ni padres los hijos, ni bisabuela los bisnietos. La inmejorable longevidad de mis abuelos es la que hoy me permite estar escribiendo estas líneas con la satisfacción de haber compartido mucho con ellos. Pero se marcharon.

Sobre la mesa un pasaporte franquista que les permitía viajar a los Estados Unidos, un viejo periódico con un especial de Mairena, la cartilla que le abrieron a mi tía al poco de nacer con los movimientos de cuenta escritos a mano y el título de becario de mi padre del curso 71/72. No son recuerdos, quizás vestigios de un pasado que nunca he conocido, pero que me dice que donde hoy sólo quedan lágrimas ayer hubo vida.

Tendremos que aprender a vivir de nuevo, a modificar nuestras costumbres, a vernos los que quedamos porque queramos hacerlo. Y que la sonrisa que dibujo cuando recuerdo hablando no sea la manera de ocultar las lágrimas que caen por dentro.

Reviviendo sabores

Recuerdo cuando Madrid sabía por la mañana a pincho de tortilla y cocacola. Hoy, a unos días de marcharme a vivir a la más grisácea de las ciudades, pasada la hora del café y las tostadas, mientras devoro los apuntes de Literatura, vuelve a mí aquel sabor, doce años después, a seiscientos kilómetros del Paseo de la Castellana.

Confidencial

No entiendes muchas de las cosas que escribo aquí. Es normal. A veces, expresar (ex-presar: ¿dejar libre?) un pensamiento me ayuda a procesarlo. Más tarde, cuando lo leo, comienzo a entenderlo. Pero nunca son decisiones o acciones acabadas, siempre son pinceladas de un movimiento.

Sólo hay algo seguro entre todas las cosas que hay en ebullición en este momento: quiero que estés en mi vida.

Al tiempo de marchar

Todo es bastante raro desde hace tiempo. La gente va y viene. Es Agosto en Sevilla (más que en ningún sitio). He recorrido de punta a punta la costa sur de la península. Conozco gente. Salgo, entro, vuelvo a salir. Me apunto a los planes que salen con una facilidad asombrosa. Trabajo. Estudio. Intento no pensar en la lista de preocupaciones que escribí hace algunas semanas. Me pongo enferma periódicamente. Odio, quiero y soy indiferente a partes iguales. Me siento bien. Sonrío, canto de camino a cualquier parte. Tarareo a la hora del desayuno (en los dos). Ya no me pongo del mal humor si no hay café en la despensa. Hablo por teléfono durante horas con una sonrisa en los labios. Comparto cervezas, vino y cava con la mayor de la alegrías. Tengo discusiones medio sensatas de política. Participo y me integro.

No sé porqué me ha dado por pensar que por fin tengo el hueco en el que me siento a gusto en Sevilla a un mes de marcharme a la más gris de las ciudades y, sin embargo, tampoco me entristece (ya no, hoy no, mañana no).