Me siento extraña desde hace unas semanas. La muerte de alguien querido siempre arranca lágrimas, pero también arrastra una ristra de asuntos de poca importancia. Es el final de tantas cosas, de tantas vivencias y situaciones, que termina bloqueando el pensamiento racional.
Frotaba enérgicamente una medallita de oro, sin mirarla, casi sin pensar en ello. Desde entonces son muchas las veces que sus recuerdos han llegado a mi mente y he querido compartirlos con quien tuviera cerca. Situaciones llegadas desde la Segunda República, desde la Guerra Civil... Ha tardado tantos años en contarlo que casi no ha dado tiempo a dejar correr sus recuerdos por el presente.
El final de una generación, de los ascendentes en la línea de parentescos. Ya no tenemos abuelos los nietos, ni padres los hijos, ni bisabuela los bisnietos. La inmejorable longevidad de mis abuelos es la que hoy me permite estar escribiendo estas líneas con la satisfacción de haber compartido mucho con ellos. Pero se marcharon.
Sobre la mesa un pasaporte franquista que les permitía viajar a los Estados Unidos, un viejo periódico con un especial de Mairena, la cartilla que le abrieron a mi tía al poco de nacer con los movimientos de cuenta escritos a mano y el título de becario de mi padre del curso 71/72. No son recuerdos, quizás vestigios de un pasado que nunca he conocido, pero que me dice que donde hoy sólo quedan lágrimas ayer hubo vida.
Tendremos que aprender a vivir de nuevo, a modificar nuestras costumbres, a vernos los que quedamos porque queramos hacerlo. Y que la sonrisa que dibujo cuando recuerdo hablando no sea la manera de ocultar las lágrimas que caen por dentro.